31 Mar 2021  |  Diego Muñoz

Un Moai kavakava de mirada blanca

Cuando supe que un Moai kavakava era expuesto en el Museum Fünf Kontinente de Múnich, fui a rendirle visita. Desde que comencé a trabajar sobre la historia y la cultura rapanui, estas estatuas de madera me han intrigado. Alguien me dijo una vez que no se les debía mirar a los ojos porque traía mala suerte. Pero sus rostros fueron tallados de tal forma que resulta imposible no ser atrapado por sus miradas. La luz se refleja en los trozos de obsidiana utilizados para dar forma a las pupilas, las que, puestas sobre el blancor de una vértebra de pez, generan un particular contraste. La sensación es abismal, perturbadora. Es una mirada profunda, llena, viva… como si ellos pudiesen observarlo todo. Sumemos a ello esa sonrisa mortuoria de labios secos y dientes salientes, o los omoplatos y vértebras detalladamente talladas. Todo ello nos recuerda que en algún momento llegaremos a parecernos a ellos, porque los Moai kavakava representan, entre otras ideas, los restos mortuorios de alguien, disecados por la acción del sol, el agua salina y el paso del tiempo.

Con el Moai kavakava de Múnich mi sensación fue otra, no menos perturbadora sobre el paso del tiempo. Su mirada estaba vacía. En algún momento de su existencia alguien reemplazó sus ojos por dos lascas de nácar. Pero aun así, ahí estaba como queriendo decir algo. Ahí estaba, en forma y en materia, una madera rojiza, endémica casi extinta y reintroducida hace poco gracias a la conservación de algunos granos de Toromiro (Sophora toromiro) recogidos a finales del siglo XVIII y conservados en Europa. Ahí estaba en forma y en materia, dentro de un cubo de vidrio que lo protegía de posibles manos curiosas. Ahí estaban sus finas líneas dando forma a un clásico Moai kavakava provisto de una marca única, un bajo relieve representando la cola de una langosta a lo alto de su cráneo. Y es que cada Moai kavakava es único en los detalles. Su mirada, sin embargo, estaba vacía. En sus ojos blancos de nácar había una contradicción de fondo.

Moai kavakavaMoai kavakava de mirada blanca (Museum Fünf Kontinente, Múnich). Foto: Nicolai Kästner. Una leyenda conocida por todos los Rapanui cuenta cómo los Moai kavakava empezaron a ser tallados por el ariki (rey) Tu‘u ko Iho. Una noche, el ariki sorprendió a dos akuaku (espíritus) durmiendo en el cráter de Puna Pau. Los akuaku dándose cuenta de la presencia del intruso comenzaron a perseguirlo por toda la isla. ‘¿Qué fue lo que viste?’ ‘¿Viste nuestros cuerpos miserables?’- Le preguntaban al ariki mientras flotaban rodeando su casa. El ariki respondía, ‘no he visto ni escuchado nada’. Todas las noches más y más akuaku venían a merodear su morada. Esto duró semanas, meses, quizás años, y el ariki siempre respondía ‘no he visto ni escuchado nada’. Para terminar con la persecución de los miles de akuaku, el ariki decidió fijar sus figuras en madera y desenmascarar sus cuerpos para que todos supieran cómo eran. Tomó un trozo de Toromiro y ‘sacó del interior’ dos cuerpos esqueléticos, a los que incrustó los ojos de hueso y obsidiana. Con sus pupilas negras podían ver y proteger a los suyos, pero también podían ser vistos para ahuyentar a los foráneos. Cuando el ariki posicionó las esculturas a la entrada de su casa, nunca más los akuaku volvieron a molestarlo.

El Moai kavakava de mirada blanca salió de Rapa Nui probablemente en las manos de algún marino que acompañaba al célebre Capitán Cook (1774) y llegó a Baviera hacia 1825 junto con otros ejemplares recogidos en Oceanía como informa la viñeta del museo citando a Johann Wagler. No sabemos cuándo ni quienes remplazaron sus ojos dejándolo ciego. En nuestro proyecto Collecting Rapa Nui queremos reconstruir las historias de los objetos rapanui conservados en los museos alemanes y reconectarlos con los habitantes de Rapa Nui del siglo XXI. Creo que así, el Moai kavakava de miraba blanca podrá nuevamente ser reconocido por los suyos y recuperar su mirada profunda.